Néstor Groppa





La conexión eléctrica

Llovía.
Los obreros estaban con sus caparazones de plástico negro
y vivos anaranjados y azules y amarillos
subidos a un púlpito
casi al final de la escalera de la lluvia.
Manipulaban viboritas eléctricas
adormecidas en el interior de los cables;
separaban los voltios reacios; apartaban las chispas y sus almas
tratando de endilgar la procesión de la luz
hasta un fornido pacará
frente a la demolición de la casa vieja.

Tijereteaban savias magnéticas, potencias, tallos y voltios
en ese espinoso jardín de amperes
con flores mortales
acechando en la noche que conforma
el techo de las luces.
Desde aquel alto bajaban agua y neblina.
Fuerzas de seguridad provinciales
vigilaban la poda eléctrica, empalme e injertos en las alturas
entre todos los pájaros siempre con el amanecer encendido
en los ojos.

Ninguno advirtió que la maquinaria sosteniendo al púlpito
sería un caballo de Troya cargado de jardineros
electricistas
colgados del cielo por la cintura; pegados a los postes
con derrames de agua.
Y de pronto el grito y le aumentaron aplausos
por la hazaña de haber renovado la cadencia de la luz
sin despertar a las víboras del voltaje de su sueño continuado,
sin apagar los espejos de Emmanuel
que seguía cortando cabezas a la navaja en su peluquería
reciclada,
abajo -estilista él-
entre aerosoles, cortinitas, cremas y cumbias de la radio.



Esa mañana

Como un bien fregado piso de pinotea
huele la mañana
luego de la lluvia de anoche.
El cielo anegado, el paisaje sosegado
henchido de aromas
a barro, a aguas crecidas
botando su lecho.
Tal vez el mismo aroma haya tenido el aire
en aquel silencio
de luz,
anterior al mundo.

Lejos de aquel comienzo
paradas en el aljibe de la mediamañana
tersas, alegres
las pirinchas se interrogan
sobre los nidos de gorriones
en los altos del tipal.



La provincia está destruida

–leyendo los diarios locales–
Leía los diarios del día 9 de Diciembre
y no podía creerlo,
la vecina no podía convencerse ni convencerme
yo
de tanto subjetiva excreta moral.
La provincia solamente retenía
el monumento a la Independencia (?), las estatuas
de Lola Mora (traídas por casualidad) y la estrella
de Belén (en la Catedral)
y la Catedral, también.
Lo demás, lo que suman y llaman patrimonio,
pasaba a bolsillos nacionales --¿unitarios o
federales?–
y de ahí, a cuentas no registradas de nuevos ricos
multinacionales:
la luz provincial, el agua de la provincia
a la sombra de la estrella polar,
las ventanillas y los libros rayados y las
computadoras
y las cajeras del Banco de la Provincia de Jujuy,
los caminos, los silencios
del subsuelo, las rutas polvorientas del cielo, los
últimos años,
la niñez de los jubilados, las viejas caritas de los
niños, el honor
del salón de la Bandera, las desencuadernadas
páginas
de sus historias
pasarían a las cuentas de los nuevos ricos
globales (¿o no?).
Sólo seguirían en la provincia las moscas del
hambre,
la crónica altiva, inasible, siempre errabunda,
el hacer y las manos, que en vano habían
trabajado.
Solamente quedarían en el mapa
uno que otro río,
uno que otro cerro
de la precordillera
en la geología con todas sus edades enajenadas
por pedimentos.
Los hombres revolvían en la historia,
sacaban pedacitos de hazañas, cortaban instantes
o años enteros.
Entre todos los miraban,
memoraban las oraciones y los ritos de otros
pueblos,
sus altares, sus entregas, el lanzazo de sus
miradas
y sus galopes de frontera a frontera.
Imaginaban el terreno provincial
con sus amores y aquellas primaveras
desmandadas, procreando a ras del raso
cuando una espuma rosa desborda los lapachos,
o esos ángeles azules se vuelan de los tarcos
en tardes derramadas de la cuarta estación,
donde ya suenan los pesebres y sigue un bombo
pero indignado.
Ah! ministros, diputados con retroactividades,
Sres. magistrados
y Sras. y Srtas. oyentes,
contadores públicos nacionales, y niños y niñas
aquí presentes:
estamos vigilando lo mismo que una planta
atendiendo al sol,
al agua que baja con la lluvia
y a la sombra
que me peina y despeina.
Soy esa planta indefensa a merced
de pronto, de una mano cariñosa
o de una mariposa oficial
negra y dañina
que regala un polvillo lúgubre de heredadas
muertes.
Tal la vida en este Diciembre
pesando los sueños del mundo por el mundo
decepcionado de lo que existe
tan de pronto con todos los colores de la vida
y muy de pronto en blanco
con ese blanco
de cuaderno nuevo
en que nos disponemos a escribir con dignidad
la continuación de la historia, zarandeando su
cronología
inmediata, para separar el cascajo de lo tolerable.
Que lo hay.



Néstor Groppa nació en 1928 en Laborde, Córdoba, y falleció el 4 de mayo de 2011 en San Salvador de Jujuy. Vivió la mayor parte de su vida en Jujuy.
Poeta, periodista, fotógrafo y editor. Fundador y codirector en los años 50 de la revista literaria Tarja. Algunos de sus libros son: Romance del tipógrafo (1959), En el tiempo labrador (1966, Faja de honor de la SADE), Carta terrestre y catálogo de estrellas fugaces (1973), Libro de ondas (2000) y Volverá el mar... y se irá como entonces (2010).