Navegante
Estaba
escrito aquel naufragio entre ruinas de
ciudades solas,
en
el medio de largas sombras derrotadas.
Y
estaba escrito que errarías sin descanso
bajo
un cielo rojo y sucio,
angel
despavorido
que
mira
y no entiende;
que
buscarías en vano
la
puerta que
se
a
b r a
y
la dulce palidez de la mano que te encuentre.
Y
estaba escrito
que
al final,
pestilente,
borracho
y
solo,
bajo
una sombra en la calle
se
te confundiera el destino,
y
en el tercer azul planeta
de
un lejano sistema
mueras.
Al amigo
Si
una mañana cualquiera,
el
sol de costumbre
y
los gestos de siempre,
alguien,
con
los ojos cargados de sueño y apuro,
nos
dice,
se
ha ido,
ya
no vuelve.
Miraremos
en las plazas,
buscaremos
empecinados,
tras
los árboles y las esquinas,
las
huellas de su presencia,
su
equipaje.
Y
si todo es inútil,
nos
armaremos de paciencia,
guardaremos
uno a uno los recuerdos compartidos,
montaremos
guardia contra el polvo del tiempo y el olvido
y
esperaremos la noche,
con
café caliente
y
la puerta sin cerrojo,
y
aunque no venga
nunca
diremos,
se
ha ido.
Autodefensa
Señores,
aquí
estoy negando a los días que me usan,
quemándome
en el fuego de horas, minutos y
rutinas,
con
esta triste cara de oficina atestada de papeles,
moribundo
en mi fortaleza titubeante de camisas
bien planchadas
caminando
por largas galerías de silencio.
Señores,
quiero
decirles que me aferro
a
un sueño violado y absurdo,
a
un deshilachado fantasma que ha vivido,
a
un tiempo desbordado y total que se me escapa!
Señores,
como
decirles y que me entiendan
que
he sido traficante de muertes cotidianas,
que
rechazo a las palomas que eligieron el suicidio,
que
tengo el brazo agarrotado de tanto luchar con
la sombra!
que
he nacido pájaro,
y
que
vivo
reptil,
en
la pobre y pequeña ternura de una jaula.
Donde te fuiste viejo?
El
cuento del final feliz
quedó
inconcluso
cuando
una explosión me hizo añicos el sueño,
y
ya no estabas.
Te
miré y eras un pedazo
azulado
y reseco de la nada.
Me
quedé en silecio,
Mientras
una lágrima grandota
Se
empeñaba en despintar las historias que me
contabas
amarillando
las fotos,
agrietando
alguna caricia
que
logré salvar de entre las flores de plástico
que
arrimaban tus amigos.
Y
me contaron historias,
tus
pequeñas miserias,
tus
modestos amores
y
el brilloso borde de tu risa.
Todo,
Expuesto
descaradamente
ante
mi asombro.
Y
así te fui armando de nuevo,
de
a poco.
No
sabés
como
quisiera contarte que viajo buscando tu
cara,
todavía;
que
tengo algunos amigos,
sabios
en esto de la vida,
que
no te conocen;
que
camino escuchando a la gente
para
ver si puedo robarles algún poema.
Que
una furia ciega me gana de madrugada
Cuando
parece que te distraés
y
no te siento cerca.
Estos poemas pertenecen al libro Espejo Astillado (1980)
Javier Soto, nació en el año 1952 en
Humahuaca. Actualmente vive en San Salvador de Jujuy. Ha publicado diferentes
obras como: Almacén de ramos generales, Espejo Astillado junto con Ernesto
Aguirre y Saúl Solano con Ediciones Los Habitantes del Sol.
