Javier Soto




Navegante


Estaba escrito aquel naufragio entre ruinas de
                                                  ciudades solas,
en el medio de largas sombras derrotadas.

Y estaba escrito que errarías sin descanso
bajo un cielo rojo y sucio,
angel despavorido
que
mira y no entiende;
que buscarías en vano
la puerta que
se
a b r a
y la dulce palidez de la mano que te encuentre.

Y estaba escrito
que al final,
pestilente,
borracho
y
solo,
bajo una sombra en la calle
se te confundiera el destino,
y en el tercer azul planeta
de un lejano sistema
mueras.



Al amigo


Si una mañana cualquiera,
el sol de costumbre
y los gestos de siempre,
alguien,
con los ojos cargados de sueño y apuro,
nos dice,
se ha ido,
ya no vuelve.

Miraremos en las plazas,
buscaremos empecinados,
tras los árboles y las esquinas,
las huellas de su presencia,
su equipaje.

Y si todo es inútil,
nos armaremos de paciencia,
guardaremos uno a uno los recuerdos compartidos,
montaremos guardia contra el polvo del tiempo y el olvido
y esperaremos la noche,
con café caliente
y la puerta sin cerrojo,
y aunque no venga
nunca diremos,
se ha ido.


Autodefensa


Señores,
aquí estoy negando a los días que me usan,
quemándome en el fuego de horas, minutos y
                                                               rutinas,
con esta triste cara de oficina atestada de papeles,
moribundo en mi fortaleza titubeante de camisas
                                                        bien planchadas
caminando por largas galerías de silencio.

Señores,
quiero decirles que me aferro
a un sueño violado y absurdo,
a un deshilachado fantasma que ha vivido,
a un tiempo desbordado y total que se me escapa!

Señores,
como decirles y que me entiendan
que he sido traficante de muertes cotidianas,
que rechazo a las palomas que eligieron el suicidio,
que tengo el brazo agarrotado de tanto luchar con
                                                                  la sombra!
que he nacido pájaro,
y que
vivo
reptil,
en la pobre y pequeña ternura de una jaula.



Donde te fuiste viejo?


El cuento del final feliz
quedó inconcluso
cuando una explosión me hizo añicos el sueño,
y ya no estabas.

Te miré y eras un pedazo
azulado y reseco de la nada.
Me quedé en silecio,
Mientras una lágrima grandota
Se empeñaba en despintar las historias que me
                                                              contabas
amarillando las fotos,
agrietando alguna caricia
que logré salvar de entre las flores de plástico
que arrimaban tus amigos.

Y me contaron historias,
tus pequeñas miserias,
tus modestos amores
y el brilloso borde de tu risa.
Todo,
Expuesto descaradamente
ante mi asombro.

Y así te fui armando de nuevo,
de a poco.

No sabés
como quisiera contarte que viajo buscando tu
                                                                 cara,
todavía;
que tengo algunos amigos,
sabios en esto de la vida,
que no te conocen;
que camino escuchando a la gente
para ver si puedo robarles algún poema.
Que una furia ciega me gana de madrugada
Cuando parece que te distraés
y no te siento cerca.


                                                                                            Estos poemas pertenecen al libro Espejo Astillado (1980)

Javier Soto, nació en el año 1952 en Humahuaca. Actualmente vive en San Salvador de Jujuy. Ha publicado diferentes obras como: Almacén de ramos generales, Espejo Astillado junto con Ernesto Aguirre y Saúl Solano con Ediciones Los Habitantes del Sol.