Tengo algo para decirles.
Diré
bicicleta
Diré
asfalto
Diré
alambre
Diré
teléfono
Diré
automóvil
Diré
petróleo
Diré
zapato
Diré
sudor
Diré
odio
Diré
blanco
Diré
Dios
Diré
bomba
Diré
caballo
y
para terminar
diré
verde
y
todos quedarán mirándome
en
este inacabado territorio de pájaros
esperando
al final del cuento para reírse.
No es malo que el hombre
esté solo
Estoy
acostado.
Siento
la presión de dos angostas ruedas en el
trígono
de mi cerebro.
La
presión aumenta.
Un
pequeño hombrecito de gorra lustrosa monta
su
bicicleta azul.
Inicia
un lento pedaleo hacia mi tálamo óptico
con
todas las neuronas girando en sus ruedas.
Un
armónico remar de pedales y una cadena tensa
y
grasosa lo lleva silenciosamente hasta
el
cuerpo pituitario, pasando antes por el nervio óptico
y
la comisura gris.
Es
una burbuja de soda a través de mi cabeza.
Un
aliento a rouge, por Dios,
empañada
el vidrio de mi sueño.
Puedo
verlo, a pesar de todo.
Hay
un castillo al final de un largo camino de tierra
bordeado
de pinos y arroyos . . . cristalinos, creo
no
recuerdo bien.
El
hombrecito sabe que llegará.
Solo.
No
sabe cuando.
El
castillo tiene siete puertas de maderas frescas
y
un puente con cadenas que atraviesa el acueducto de silvio.
En
cada puerta hay un rostro tallado.
El
hombrecito deja su bicicleta azul en
La
extremidad anterior de la cisura interhemisférica,
y
camina, siempre lentamente, hacia la puerta donde
mi
rostro es una madera fresca que lo mira
desde
el borde superior de los hemisferios.
Un
papelito doblado de bordes sucios y gastados
es
todo su equipaje.
Mirando
el piso, o sea, el tallo pituitario,
lo
extiende ante mis ojos de perfumes vegetales.
“Todo
en orden”
Siento
el aliento de rouge llenándome el vacío de la boca
y
me dejo estar.
Todo
en orden.
Rodez.
a Antonin Artaud.
Dicen
que
las eyaculaciones demasiado violentas de los
vientos allá en Rodéz
extraviarion
las rubias mariposas de sus sueños
por
las populosas arterias de la mente.
Eso
dicen
pero
lo cierto es que
ella
la
muy puta
le
golpeó la vida hasta darle muerte
con
la pata trasera izquierda de su cama matrimonial.
Martín, mi vecino.
Recibí
carta de Martín, mi vecino
fechada
en el estado de Kentucky, Estados Unidos,
su
nueva residencia.
Cristina,
mi mujer, fue la primera en leerla.
Quedó
muy impresionada.
Martín
es un tipo raro.
Encabezando
una larga parrafada sobre sus últimas visiones,
escribe:
“No
creo que las moscas sean inocentes del estado actual
De
las cosas.
Míralas
volar, inquietas, sucias, negras, opacas
sometiéndonos
con sus neuronas de 200 voltios
con
sus picos de hueso negro
y
su espuma de alquitrán en sus alas.
Yo
las miro y estoy tranquilo, tú lo sabes,
llenando
ceniceros con el calor de mis labios;
lo
que me pone nervioso es verlas volar
tocando
todo, confundiéndolo todo,
mírales
las patas, por Dios, las patas
pelos,
muchos negros pelos, en todas partes
y
los ojos
morados,
ediondos y secos
solo
comparables a los testículos de Mefistóles.
“No
dejes, señor que sobre nosotros caiga la maldición
de
los neutrones homicidas;
evítanos,
aquí en la tierra como en el cielo
el
alba artificial de una ojiva nuclear”
ruegan
los hermanos por autopistas sembradas de vientos rojos
y
arenas incandescentes, pero
quién
calla, Ernesto, quién calla
a
las moscas y sus alientos criminales? . . . “
Dice
Martín, mi vecino.
Un
tipo raro.
Ernesto Aguirre, es un poeta argentino nacido
el 14 de junio de 1953 en Jujuy. Estos poemas pertenecen al libro Espejo
Astillado que se terminó de imprimir, en el mes de Noviembre de 1980; en los
Talleres Gráficos Gutemberg de San Salvador de Jujuy. República Argentina.
