Ernesto Aguirre






Tengo algo para decirles.


Diré bicicleta
Diré asfalto
Diré alambre
Diré teléfono
Diré automóvil
Diré petróleo
Diré zapato
Diré sudor
Diré odio
Diré blanco
Diré Dios
Diré bomba
Diré caballo
y para terminar
diré verde
y todos quedarán mirándome
en este inacabado territorio de pájaros
esperando al final del cuento para reírse.


  
No es malo que el hombre esté solo

Estoy acostado.
Siento la presión de dos angostas ruedas en el
trígono de mi cerebro.
La presión aumenta.
Un pequeño hombrecito de gorra lustrosa monta
su bicicleta azul.
Inicia un lento pedaleo hacia mi tálamo óptico
con todas las neuronas girando en sus ruedas.
Un armónico remar de pedales y una cadena tensa
y grasosa lo lleva silenciosamente hasta
el cuerpo pituitario, pasando antes por el nervio óptico
y la comisura gris.
Es una burbuja de soda a través de mi cabeza.
Un aliento a rouge, por Dios,
empañada el vidrio de mi sueño.
Puedo verlo, a pesar de todo.
Hay un castillo al final de un largo camino de tierra
bordeado de pinos y arroyos . . . cristalinos, creo
no recuerdo bien.
El hombrecito sabe que llegará.
Solo.
No sabe cuando.
El castillo tiene siete puertas de maderas frescas
y un puente con cadenas que atraviesa el acueducto de silvio.
En cada puerta hay un rostro tallado.
El hombrecito deja su bicicleta azul en
La extremidad anterior de la cisura interhemisférica,
y camina, siempre lentamente, hacia la puerta donde
mi rostro es una madera fresca que lo mira
desde el borde superior de los hemisferios.
Un papelito doblado de bordes sucios y gastados
es todo su equipaje.
Mirando el piso, o sea, el tallo pituitario,
lo extiende ante mis ojos de perfumes vegetales.
“Todo en orden”
Siento el aliento de rouge llenándome el vacío de la boca
y me dejo estar.
Todo en orden.



Rodez.
a Antonin Artaud.


Dicen
que las eyaculaciones demasiado violentas de los
                                              vientos allá en Rodéz
extraviarion las rubias mariposas de sus sueños
por las populosas arterias de la mente.
Eso dicen
pero lo cierto es que
ella
la muy puta
le golpeó la vida hasta darle muerte
con la pata trasera izquierda de su cama matrimonial.



Martín, mi vecino.


Recibí carta de Martín, mi vecino
fechada en el estado de Kentucky, Estados Unidos,
su nueva residencia.
Cristina, mi mujer, fue la primera en leerla.
Quedó muy impresionada.
Martín es un tipo raro.
Encabezando una larga parrafada sobre sus últimas visiones,
escribe:
“No creo que las moscas sean inocentes del estado actual
De las cosas.
Míralas volar, inquietas, sucias, negras, opacas
sometiéndonos con sus neuronas de 200 voltios
con sus picos de hueso negro
y su espuma de alquitrán en sus alas.
Yo las miro y estoy tranquilo, tú lo sabes,
llenando ceniceros con el calor de mis labios;
lo que me pone nervioso es verlas volar
tocando todo, confundiéndolo todo,
mírales las patas, por Dios, las patas
pelos, muchos negros pelos, en todas partes
y los ojos
morados, ediondos y secos
solo comparables a los testículos de Mefistóles.
“No dejes, señor que sobre nosotros caiga la maldición
de los neutrones homicidas;
evítanos, aquí en la tierra como en el cielo
el alba artificial de una ojiva nuclear”
ruegan los hermanos por autopistas sembradas de vientos rojos
y arenas incandescentes, pero
quién calla, Ernesto, quién calla
a las moscas y sus alientos criminales? . . . “
Dice Martín, mi vecino.
Un tipo raro.

Ernesto Aguirre, es un poeta argentino nacido el 14 de junio de 1953 en Jujuy. Estos poemas pertenecen al libro Espejo Astillado que se terminó de imprimir, en el mes de Noviembre de 1980; en los Talleres Gráficos Gutemberg de San Salvador de Jujuy. República Argentina.